• La insistencia de un cuerpo

    emma song

    13:23 horas de un miércoles de octubre de 2018 en Córdoba, esquina de Jujuy y Humberto Primo. El Gran Vidrio: todo lo que sigue será una sucesión de recuerdos de los restos. Restos del cuerpo, dos restos del cuerpo. Un montón de tierra abierta en medio de un tinglado que suena a piano de jazz. Estoy sola. En ese tinglado la ponzoña es mucha. Un recuerdo lúgubre de un cuerpo que alguna vez estuvo ahí, de la promesa de un cuerpo sin género. Dos formas decadentes que cuelgan a pocos metros del suelo, duermen –mejor sueñan– con el cuerpo desnudo que las abrigó. Abiertas al entramado de la vida que habitaron, penden solas esperando la decadencia de lo humano que resiste su partida. Una verdad se instaura, las partes de una relación no preexisten a la relación como quiere Donna Haraway; aquí además sobreviven como restos de un tiempo futuro o de una revolución que no fue. ¿Quién puede la ponzoña? ¿Hasta qué altar de tierra llega un cuerpo?

    Camino hacia una verga que apenas eyacula agua, insistiendo como una fuente. Lo hice un poco a tientas, como incómoda, quizás esperaba otra verdad de la verga. Y allí, casi por pisarla, un rostro quebrado del pasado me mira hueco, desde el piso, como sombrío, como propio. Primero fue la máscara después el rostro. La verdad es que el rostro es una copia de esa máscara quebrada por el peso del ahora. No pude devolverle la mirada solo sonreí. Alguien que pasaba me pregunta si vine a ver la muestra, soy la única persona humana y no humana en la sala, la obviedad del comentario desafía porque no pude devolver la mirada. ¿Qué obviedad trae una máscara?

    Cerca del olvido, ese rostro en pedazos, sostenido por una tela como cualquier otra me habla de las performances y las luces estroboscópicas, un flash intermitente que todo lo puede como las finas manos de los Hermanos (Los Hermanos, birome sobre papel, vidrio, mdf y pintura) abrazados en una alegre lujuria. La interpelación de la máscara que sangra un polvo total, sinfónico, pero que no conecta nada, solo mira el abismo atardecer. Ya no hay ni odios en los cuales refugiarse, solo un abrazo que abrace todo el tinglado, cinco metros y pico de pura noche, abierto de toda abertura, El Pelele “más horrible que nunca”.

    Las narices también lloran, con un gesto cortarte, como una soledad hecha de a montones. Así se presentan el gesto del trofeo en una pequeña habitación aparte. En el centro una colección de personajes sin nombres y sin propósitos, un arriendo a los dioses del sentido. Perpetuas y pequeñas formas de lo humano, un gemido sordo de sus ruinas. Es imposible pensar en otra cosa. Una humanidad sin nada. Vacía de toda gratuidad. Todo se ha instalado para que nos devore, nos parezca poco o excesivo: nos devuelva la mirada.

    Se dice que El Pelele nació en 1993, nadie lo conoce. Le gusta hablar entre lo virtual y lo real. Nadie sabe quién es, si el mismísimo Pelele de Goya o Lucas Gabriel Cardo. Sus dioses olvidados apagan celulares y posteos de cabeceras azules. Poner el cuerpo, andar en performances es lo suyo. Todo su relato “es como ese sueño en el que me desvanezco frente al espejo”.1

    El rostro seco de olvido en el piso, renegado del fetiche, fuera de lo apropiable genera una fotografía, un momento de la amable atención; interpela a ser portado, cortado, a ser visto como una desconocida. El rostro de todos los rostros, en el piso, esperando un portad*r que resuelva los días de ese mal entonado fetichismo. No hay más objetos deseados que los posibles objetos inventados. Una colección incisiva y esquiva, revuelta de altar y saturada de blasfemia. La oblicuidad del cuerpo desnudo que no está, la copia de un culo al aire que indica iniciaciones. La vigilia después de un rato es total, una no quiere el rito, el rito quiere a una. Abierta con la misma inmensidad de un tinglado, cierro una puerta transparente al sueño final no definitivo de una ponzoña.

    Gentileza El Gran Vidrio, Córdoba.

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