• Imágenes escritas

    Verónica Tell

    Dessine-moi un mouton
    Le petit prince

    Sobre una superficie casi negra, que apenas se distingue del fondo también oscuro, se apoyan un mate y bombilla, una hoja de papel manuscrita sobre un par más, un lápiz, otras tres hojas abolladas, y una goma. El claroscuro es fuerte, el blanco del papel y el brillo del mate plateado se recortan del fondo. Una sola fuente de luz, a la izquierda, otorga a esta particular naturaleza muerta un carácter barroco. Esta fotografía de Cristina Fraire forma parte de las catorce fotos de la exposición Imágenes guardadas, del Taller de Fotografía y Escritura YoNoFui.

    Esta es la muestra más reciente del taller de fotografía Luz en la piel, desarrollado desde 2008 en la unidad 31 y luego en el Complejo IV de Mujeres –ambos en Ezeiza, Provincia de Buenos Aires. Es, además, la única que exhibe imágenes de una calidad técnica como la que arriba se describe. Previamente, las muestras exhibían fotos realizadas dentro del penal con cámaras estenopeicas fabricadas también allí. Mientras muchos adeptos prefieren o emplean las cámaras sin lentes por las cualidades visuales que pueden dar sus imágenes, en el caso del penal se trataba de la única alternativa viable.

    Se trataba. Porque en 2016 el Servicio Penitenciario Federal resolvió que “no se encuentra permitido el ingreso de celulares ni de cualquier medio de reproducción audiovisual o fotográfico al establecimiento”. Esta resolución, que sin dudas apuntaba a desmantelar el taller a cargo de Alejandra Marín, infligir un golpe anímico a las detenidas, y romper el entramado afectivo entre alumnas y docentes, no hizo más que hacer mudar el proyecto. “El aguante a la fotografía, lo hizo la escritura”, expone en el breve texto del catálogo Liliana Cabrera, responsable del taller de escritura. Así, las integrantes del taller “escribieron las imágenes que hubieran querido sacar” mientras que los “textos alimentaron la mirada de 14 fotógrafas que del otro lado del muro interpretarían esas imágenes escritas”.

    Cabrera dice “escritas” y no “descritas”, asumiendo que las imágenes son producidas por las talleristas pero, a la vez, que no están cerradas, definidas del todo, en tanto su concreción depende de una mano externa. Las imágenes mentales que pueden aparecer sugeridas por un comienzo que incluye la palabra “ver” (“Veo un lugar oscuro”; “Estoy viendo a muchos perros”; “Veo una persona parada”), van unidas, las más de las veces, a sensaciones y sentimientos. Con “tristeza”, “esperando esperanzada” continúan dos de estos textos, y otros, muchos, hablan de “soledad”, “sufrimiento”, “felicidad”, “emoción”, lo “incierto”, “rabia”, “sensación”. Así como lo visual y lo emocional y afectivo aparecen entramados, la dimensión temporal aparece en la mayoría de los 14 textos: “el poco tiempo que me queda”, “un día volveré a tener”; “después se hacen tus compañeros”; “finaliza una larga espera”, “los años del futuro”, “te veré pronto”; “se vive día a día”. Como si en el encierro, la escasez y monotonía de imágenes exteriores llevaran a que cada imagen interior, o imaginada, contenga o atraiga una carga mayor: el ejercicio de imaginar algo –una representación visual- no parece poder o querer desligarse de la proyección emotiva.

    En su búsqueda por sortear las limitaciones impuestas por el sistema penitenciario, por vincular el adentro -y su imposibilidad de generar imágenes físicas-, con un afuera donde todas las técnicas y escenarios son posibles, el taller generó una relación específica entre productoras de textos y de fotografías, y entre textos e imágenes. Como corolario, una práctica de la fotografía culturalmente no legitimada –el taller de fotografía estenopeica en un penal- atravesó los muros para involucrarse con fotógrafas con diferentes formaciones y trayectorias y, también con un colectivo histórico, el Archivo de la Memoria Trans.

    Las fotografías fueron tanto hechas especialmente, como buscadas en archivos. Algunas siguen de cerca lo escrito, representando algunos objetos físicos y visibles que se indican: pájaros, mate, café, perros, persona, familia; otras veces los textos no amarran en objetos, y otras, aunque éstos aparezcan mencionados, son eludidos por las fotógrafas (hay en total tres fotos en las que no hay ningún objeto o persona reconocible). En suma, las vinculaciones entre las imágenes escritas y las fotografías son muy variables. Y si no cabe el término “descripción”, tampoco cabe “traducción” ni “trasposición”. Como dice la presentación del catálogo, no hay una sino dos acciones de distancia: los textos alimentan la mirada de las fotógrafas que interpretan esas imágenes escritas.

    En la sala del Club Cultural Matienzo, donde se expuso el trabajo, las fotos estaban colgadas en tres de las paredes, cada una con un número que reenviaba al texto con el que hacía correspondencia, en la cuarta pared. Los textos estaban numerados y escritos uno a continuación del otro, en un único bloque. Por otra parte, acompañó la muestra una publicación de pequeño formato. Allí, la presentación era bien diferente. En las páginas impares están los textos y un rectángulo que se corresponde en formato y tamaño con la fotografía, impresa al otro lado del papel, en la página par sucesiva. Así, la indeterminación que se establecía en la sala no se replica el catálogo-fanzine donde, en cambio, junto al texto aparece un vacío concreto ocupando el lugar de una imagen específica al dorso. Es decir, mientras en la exposición el espectador tenía amplios márgenes para decidir el orden de lectura y establecer los vínculos, en una experiencia que podía aproximarnos parcialmente a la indefinición y a los tiempos, transiciones y expectación entre las participantes a uno y otro lado del muro, la publicación, al establecer una correspondencia lineal uno a uno, más bien relega sólo unos instantes la satisfacción de la imagen, concreta e insustituible, al otro lado de la página. Así planteado, se trata más de una imagen ausente que de un proceso de puesta en imagen.

    Me interesa, en este sentido del proceso, detenerme en la propuesta de Cristina Fraire.

    El mate es ahora mi mejor compañía, me acompaña en el pabellón, en el taller de trabajo, en la escuela y ahora hasta en el CUE (Centro Universitario de Ezeiza). Lo conocí en este lugar, aprendí a tomarlo y a vivir el día a día compartiéndolo con mis compañeras que me enseñaron a olvidar la soledad y buscar la forma de entretenerme y olvidarme de la calle, y así transitando el poco tiempo que me queda de esta condena, llevarme un lindo recuerdo de aquí, que al menos aprendí a tomar un buen mate y es algo que nunca lo voy a olvidar y siempre lo llevaré en mi recuerdo.

    Este es el texto a partir del cual Fraire produjo su fotografía. Y es el que aparece, escrito a mano sobre una de las hojas, en la foto. De este modo, por medio de una puesta en escena que representa ficcionalmente el momento de la escritura, la fotógrafa no sólo materializa una “imagen escrita”, sino que la hace materialmente visible, estableciendo un reenvío infinito, un efecto de circularidad entre ambas representaciones. Así, la imagen explicita su origen específico y, de manera más amplia, la premisa de trabajo del taller.

    Si todo el proyecto se sostiene en vinculaciones -adentro/afuera; pares de mujeres; texto/imagen-, esta pieza focaliza en este último par, y expone la radical diferencia en las formas de materialización de un texto escrito y de una imagen fotográfica. La realización del texto evidencia un proceso –y sus herramientas, mate compañero incluido- de escritura, borramiento (la goma, los tres bollos de papel) y reescritura. El texto que podemos leer en la hoja ya está terminado y firmado –Vanesa Pérez, de Perú-, pero, junto con el hacer paulatino, esos bollos nos llevan a percibir el tiempo que tomó darle forma, acabarlo. Por su parte, el fuerte claroscuro de la imagen de Fraire, con la potencia de las zonas de luces y de sombras, también reenvía a la realización de esta, y de toda fotografía: la luz que escribe, en un fragmento definido y controlado de tiempo, sobre la superficie sensible de la película. Porque si de la fotografía que se busca producir también puede haber variables y ensayos, cada toma captura y expone un tiempo-luz particular.

    Y la luz, como metáfora, también se escribe: “luz de esperanza”, “pequeño rayo de luz”, “reflejo de luz”, en palabras de las talleristas de Luz en la Piel… Así, Imágenes guardadas vincula de una manera excepcional dos actos y dos formas discursivas diferentes, una dupla mediada por imágenes mentales que no precisan de ningún instrumento, ni admiten confines.

    Cristina Fraire, Sobrescrito, 2018.

    Vista de sala de la exposición Imágenes guardadas, Centro Cultural Matienzo, septiembre-octubre de 2018. Fotografía de Alejandra Marín.

    Fanzine de la exposición.

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