El racismo que persiste

La investigadora Gloria Mancinelli revisa las raíces históricas del racismo en la Argentina, sus vínculos con la clase social y el territorio, y el papel decisivo de las universidades en su erradicación.

18-08-2026

Durante décadas, Argentina se imaginó blanca, europea y distante de las expresiones racistas presentes en otras sociedades. Sin embargo, esa representación se edificó sobre el silenciamiento de pueblos indígenas y afrodescendientes, así como sobre procesos históricos de despojo y desigualdad. Para Gloria Mancinelli, investigadora de la Cátedra UNESCO Educación Superior y Pueblos Indígenas y Afrodescendientes en América Latina, admitir que este fenómeno integra una trama social e histórica constituye el primer paso para comprender su funcionamiento y, sobre todo, comenzar a modificarlo.

Comprender para poder enfrentar

Definir el racismo resulta esencial para interpretar numerosos debates que atraviesan a las sociedades contemporáneas. En términos sencillos, Mancinelli lo describe como una ideología que, aun cuando las razas no existen en términos biológicos, clasifica a los seres humanos en grupos raciales y establece jerarquías entre ellos, considerando a algunos superiores y a otros inferiores desde una perspectiva moral, ética o cultural.

La discriminación racial, en cambio, remite a los actos concretos mediante los cuales esa concepción se manifiesta. Burlarse de una persona o descalificarla por su origen étnico, por ejemplo, constituye una de sus expresiones. Para la investigadora, diferenciar ambas nociones permite advertir que el problema excede las conductas individuales: también opera como una construcción social de hondas raíces históricas.

Una trama con rasgos propios

El racismo no adopta idénticas formas en todos los países. En la Argentina, explica la reconocida académica, los principales procesos de construcción de alteridades y de racialización se han configurado históricamente en torno a los pueblos indígenas y a las personas afrodescendientes, en conexión con procesos de expropiación de tierras y apropiación del trabajo.

Por esa razón, sostiene que no puede estudiarse como un hecho aislado ni carente de una funcionalidad determinada. Por el contrario, mantiene una estrecha relación con dinámicas económicas, sociales y políticas. La imagen de una nación blanca y europea avanzó junto con el despojo territorial y la legitimación de ciertas formas de organización de la economía y la vida colectiva.

Las fronteras que se superponen

Según su análisis, una singularidad de la experiencia argentina reside en el desplazamiento entre las categorías de raza y clase. La identificación racial puede quedar asociada con la pertenencia social, el nivel económico o el lugar de residencia. De ese modo, algunas expresiones despectivas enlazan la pobreza con la idea de negro, mientras términos como villero o boliviano funcionan como mecanismos de clasificación y discriminación.

El cruce entre raza, clase y territorio muestra que el racismo puede actuar aun cuando no se lo menciona de manera explícita. Se filtra en prejuicios, estereotipos y prácticas cotidianas capaces de naturalizar jerarquías y modalidades de exclusión.

La negación se mantiene

Para Mancinelli, uno de los problemas centrales de la Argentina ha sido negar su propio racismo. Durante mucho tiempo se sostuvo, y aún persiste, la idea de que la población afrodescendiente había desaparecido o se había ‘mezclado’, asociada a la representación de que el país no desarrolló manifestaciones de racismo tan marcadas como las de Estados Unidos.

No obstante, la continuidad de prácticas que animalizan, deshumanizan o descalifican a otras personas confirma la vigencia de esta construcción social. “Argentina no es ni más ni menos racista, pero Argentina es racista”, sostiene la investigadora. Asumirlo, enfatiza, inaugura la posibilidad de cambiar esa realidad.

Universidades: conocimiento, revisión y compromiso

El debate interpela de lleno a las instituciones educativas. Para avanzar hacia una sociedad capaz de erradicar el racismo resulta imprescindible replantear el papel de las propias casas de altos estudios y reconocer que estas también participan en su reproducción a través de un enfoque monocultural. La hegemonía de esta perspectiva excluye los sistemas de conocimiento y las lenguas de los diversos pueblos indígenas, al considerar el conocimiento científico como el único conocimiento válido

En ese marco, plantea que las universidades tienen el compromiso de profundizar su conciencia sobre la existencia de los pueblos indígenas y, fundamentalmente, sobre su condición de sujetos de derecho. Reconocer sus historias, identidades y derechos exige revisar los modos en que la sociedad argentina elaboró sus imágenes acerca de la diversidad.

Desde esta perspectiva, combatir el racismo requiere mucho más que cuestionar las expresiones discriminatorias de la vida cotidiana y demanda revisar las estructuras históricas que las hicieron y aún las hacen posibles. En esa tarea, la UNTREF valoriza el papel de la universidad como ámbito de reflexión y producción de herramientas orientadas a construir relaciones sociales fundadas en el reconocimiento y la igualdad.

Porque una sociedad solo empieza a cambiar cuando se atreve a mirar de frente aquello que durante demasiado tiempo eligió no ver.