• Un desierto transgénico para la nación neoliberal
    Sobre la muestra Una historia de la imaginación en la Argentina

    Michel Nieva

    Se sabe –lo dicen Borges y Didi-Huberman– que una de las propiedades fundamentales de cualquier tradición artística es que funda un tiempo propio, carente de cronologías. Así, cualquier nueva obra no continúa un hilo temporal en línea recta, sino que ingresa en una vasta red anacrónica de reapropiaciones y reescrituras. Bajo el influjo de esta convicción, la propuesta curatorial de Una historia de la imaginación en la Argentina, curada por Javier Villa en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, apuesta a rastrear cómo los imaginarios territoriales que desde el más temprano siglo XIX fundaron los proyectos liberales del país perviven y se resignifican en el arte contemporáneo.

    En la primera sala, “Pampa”, son las luces tenues, los viejos andamios y el telón adelante y detrás de los cuadros la escenografía precisa que inflige en quien visita la fantasía de que se adentra en los bastidores de una geografía vacía, en la producción teatral de una nación. Es el motivo de la llanura como un desierto el que enhebra en este mismo espacio paisajes decimonónicos de Eduardo Sívori, Prilidiano Pueyrredón y Martín Malharro con obras contemporáneas de Luciana Lamothe, Daniel Santoro o Carlos Herrera, entre otres. Esta acertada presentación simultánea de obras tan distantes en el tiempo es la que permite que el viejo desierto decimonónico, esa geografía improductiva habitada por indígenas y que los proyectos liberales del siglo XIX quisieron conjurar traduciendo violentamente cuerpos y territorios al lenguaje del capital, se desplace y resignifique a la luz de los actuales procesos de desertificación por el monocultivo de soja, la deforestación, los agrotóxicos y la precarización laboral. Así, acaso el efecto más interesante de este montaje sea que formatos más contemporáneos como la instalación o el ready-made hallan una inesperada precursoría en los paisajes de Sívori o Pueyrredón, que se resitúan de esta manera no en una llanura del siglo XIX sino en un desolado y yermo desierto post-apocalítpico de glifosato y cianuro.

    Si el paisaje fue el artefacto romántico que constituyó geografías coloniales como vírgenes espacios que invitaban a la ilimitada apropiación y a la incalculable ganancia económica, en la actualidad, de acuerdo a Jens Andermann (2018), es la destructividad radical de los procesos de extractivismo la que agota el lenguaje figurativo del paisaje y demanda nuevos géneros expresivos, para dar cuenta de aquello que los geólogos han dado en llamar Antropoceno, aquel período en el que el capitalismo y sus emprendimientos extractivos se han vuelto la fuerza rectora que gobierna los procesos geológicos y climáticos de la Tierra (Povinelli, 2016). Así, es notorio en la muestra el desfasaje entre las producciones del siglo XVIII, XIX y comienzos del XX, en las que prevalece el paisaje, y las contemporáneas, en las que hay una buena cantidad de telas de grandes dimensiones, videos, esculturas e instalaciones, signados en todos los casos por la violencia y la destrucción como ejes temáticos. Extraordinarios ejemplos son Hito de frontera. Mulita verde sobre escombros, de Carlos Huffmann, que presenta una mulita radiactiva sobre un montón de basura, los caños oxidados y estallados de Luciana Lamothe, los sellos de marcado de ganado con los símbolos masculino y femenino de Daniel Leber, o las cabezas decapitadas de Pablo Suárez y Nicanor Aráoz.

    Uno de los grandes méritos del trabajo curatorial de la muestra (que reúne más de 250 obras) es haber exhumado de olvidados museos municipales y provinciales trabajos de artistas poco exhibidos en Buenos Aires, como ocurre en las salas “el Litoral” y “el Noroeste”, donde abundan rescates notables, como es el caso de las pinturas de Juan Grela o las esculturas de Leonardo Iramain. En estas salas, también, notoriamente emerge variedad de estéticas y cosmogonías indígenas, invisibilizadas en las lecturas canónicas sobre la pampa. En “el Litoral” destaca la escultura Idilio criollo de Laura Códega, enorme instalación de piezas de cartapesta que funde en dos figuras lo humano, lo animal y el ambiente, en una visión de la naturaleza antagónica a la del extractivismo sojero, mientras que en “el Noroeste” la propuesta de Calixto Mamani (Objetos andinos) funde originalmente universos expresivos aborígenes en un género contemporáneo como es la instalación, y que resuena con las propuestas de Ticio Escobar en Paraguay, que indagan la asociación entre arte indígena y formatos actuales.

    Por último, la sala que cierra la muestra reconstruye la violencia de género en la historia del arte a partir del motivo de la Cautiva, desde las vírgenes virreinales poseídas por el Espíritu Santo a las mujeres asesinadas y mutiladas de Raquel Forner y Franco Mala. La muestra culmina con una de sus obras más extraordinarias, el díptico Biodélica, de Florencia Rodríguez Giles, una exuberante orgía de cuerpos mutantes en una llanura radiactiva y distópica, cuyo paisaje ya fue devastado por el extractivismo capitalista.

    En un claro guiño a Las aventuras de la China Iron, las telas aventuran un horizonte utópico y comunitario que reposa en la bacanal, el exceso barroco y las identidades trans, pero fundamentalmente en un nuevo imaginario territorial, antagónico a los que marcaron en el suelo con sangre, fuego y alambre los proyectos liberales, y que recupere la relación primordial que los indígenas tenían con la tierra. Un devenir indio que, como afirma Viveiros de Castro (2017) en una reciente alocución, defina a los cuerpos por pertenecer a la tierra en lugar de ser propietarios de esta.

    Es un acierto curatorial de Una historia de la imaginación Argentina poner en funcionamiento las a veces imprevistas series temáticas que constelan el paisajismo argentino del siglo XIX con las tendencias del arte contemporáneo local, aunque por momentos la abrumadora cantidad de material vuelva confusa la propuesta, y llamativamente falte una sala consagrada a la Patagonia, región que vertebra muchos de los imaginarios pasados y presentes del país, y que actualmente encarna las más urgentes problemáticas por la tierra y los reclamos indígenas.

    Carlos Huffman, Hito de frontera (maqueta), 2019, resina poliéster, pigmento, cemento, pintura al óleo y fibra de vidrio.
    Nicanor Aráoz, Sin título, 2015, poliuretano, metal y neón.
    Daniel Leber, Sellos, 2019, hierro y madera.
    Florencia Rodríguez Giles, Biodélica, 2019, grafito sobre tela.

    Referencias bibliográficas

    • Andermann, Jens (2018). Tierras en trance. Santiago de Chile: Metales Pesados.
    • Povinelli, Elizabeth (2016). Geontologies: A Requiem to Late Liberalism. Durham: Duke University Press.
    • Viveiros de Castro, Eduardo (2017). Os involuntários da Pátria. Belo Horizonte: Edições Chão da Feira.

    La Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) ha realizado los mayores esfuerzos para localizar a los posibles titulares de derechos de las obras de terceros reproducidas en esta publicación. Por cualquier omisión que pudiera haberse dado por favor contactarse con revistadeestudioscuratoriales@untref.edu.ar.

Curadurías

ver más