• Recordar un signo. Elda Cerrato (1972-1973)

    Mariana Marchesi

    En el mes de agosto de 2019, en el marco de la BIENALSUR, el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago realizó una intervención sobre el guión de su colección permanente, presentado en la muestra De aquí a la modernidad. Allí, Gloria Cortés Aliaga, curadora del museo, plantea una mirada sobre la constitución de los imaginarios de la modernidad en Chile y el modo en que estos dieron forma a la cultura visual en distintos momentos de su historia. 

    A través de cinco núcleos se advierte cómo en estas construcciones discursivas no solo afloran los mecanismos que forjaron los escenarios nacionales, sino también las tensiones y conflictos que emergen de estos complejos procesos y operaciones sociales. Conceptos como pueblo, raza, progreso moldean un recorrido donde, además, se establece un diálogo constante entre imagen y palabra. Se trata de piezas literarias clave con las que se destaca acertadamente un abordaje multidisciplinar. 

    El guión se completa con las tres rotondas que conectan las salas, donde propuestas contemporáneas enfatizan el modo en que determinados conflictos atraviesan la historia chilena y latinoamericana desde sus orígenes hasta el presente.

    Para el proyecto de colaboración en BIENALSUR, la curadora propuso activar los lazos trasandinos focalizándose sobre una serie de iniciativas llevadas adelante por la artista argentina Elda Cerrato a principios de los años setenta. El punto de partida son dos heliografías presentes en la colección del Bellas Artes chileno, También la geohistoriografía es una gran interdisciplina (1972) y Llegada a América (1972), incluidas en el núcleo “Desplazamiento y Omisión”, donde priman las reflexiones visuales en torno a la tensión entre la apropiación del territorio y los pueblos originarios, y a la definición de jerarquías étnicas, sociales y culturales como programa de Estado.

    En este espacio, los violentos procesos de exclusión territorial evidencian la historia de desigualdades impuestas en Latinoamérica desde la época de la Conquista. En este sentido, las obras de Cerrato se ubican muy acertadamente en dicho espacio. En la apropiación del mapa como símbolo de identidad, al apelar al uso de la figura de referentes políticos e ideológicos contemporáneos, o en el uso de la palabra como recurso para subvertir los significados, se adivina la iconografía cargada de militancia común a muchos artistas latinoamericanos en la década de 1970.

    La palabra de Cerrato en cuanto a su producción en esos años es elocuente y da cuenta del propósito abiertamente militante de aquellas imágenes: 

    “De la confrontación de los reclamos sociales con nuestras realidades personales surgen los temas de las obras en un contexto explícitamente nacional y latinoamericano. De ahí la participación de lo geográfico y del relato histórico al que pertenecíamos. Y la necesidad imperiosa de cables a tierra, de la realidad, me llevó, creo, a recurrir a imágenes ya estereotipadas en los medios de comunicación, el campo, lo urbano, con sus variantes en cuanto a clases sociales, a distintos perfiles de trabajadores, a las multitudes”.1

    Pero la búsqueda dela conexión argentino chilena no se agota en la figura de la artista. Estas dos heliografías, a las que se suman otros materiales presentes en la rotonda del museo, se inscribieron en el marco de una serie de exposiciones organizadas en Buenos Aires por el emblemático Centro de Arte y Comunicación (CAYC), institución que hacia principios de la década de 1970 promovió el concepto de “arte de sistemas” como una categoría experimental desde la cual dar identidad y visibilidad al arte argentino y latinoamericano. Asimismo, muchos conflictos propios del momento se plasmaron en varias propuestas, que a su vez tenían un valor de denuncia directa como respuesta a la situación político-social del continente. Allí se insertaba el proyecto de impulsar un “arte de sistemas latinoamericano”, donde el arte se transformaba en una práctica de acción política.

    Entre estas iniciativas que cruzaban explícitamente arte y política, el CAYC había presentado por primera vez en la III Bienal de Coltejer, en Medellín, la exposición Hacia un perfil del arte latinoamericano, un novedoso formato de exhibición que respondía a las posibilidades económicas de un país tercermundista y se organizaba en torno a tres premisas: portabilidad, economía de recursos y reproductibilidad estandarizados en el formato de copias heliográficas de iguales dimensiones.

    Las obras de Cerrato se inscribían en ese contexto convulsionado y de redefiniciones. Indudablemente, el crítico panorama político y social argentino, donde coexistían la represión y la censura de los gobiernos militares junto a la lucha armada que un sector de la militancia promovía como táctica de liberación, definió aquella trama. En el texto de presentación de la muestra en Medellín, el promotor del CAYC, Jorge Glusberg, argüía el modo en que la idea de la exhibición había surgido como “[…] respuesta a los sentimientos y deseos de independencia y de liberación que sienten los artistas argentinos”.2

    A partir de archivos personales de la artista, Cortés Aliaga también incluye en la exhibición las propuestas realizadas por Cerrato en otras dos muestras colectivas desarrolladas por el CAYC en 1972 y que incorporan una nueva dimensión del complejo panorama de los años setenta: la censura. Durante el último tramo de la dictadura del general Alejandro Agustín Lanusse, debían inaugurarse Arte de Sistemas II y CAYC al Aire Libre “Arte e ideología”, que serían presentadas de manera simultánea, y como parte de un mismo programa, en tres sedes: el CAYC, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y la Plaza Roberto Arlt, situada en pleno centro porteño. 

    En sintonía con los criterios curatoriales de Cortés Aliaga, las obras que integraban las exposiciones originales ofrecen asimismo un potente cruce entre imagen y palabra. La primera intervención de Cerrato se activaba con el recorrido por las distintas sedes de las muestras como una operación semántica que apelaba al espectador con la intención de “generar conciencia”.

    La intervención en la Plaza, por su lado, planteaba el problema de la censura y la autocensura. Cerrato reprodujo en un conjunto de barriles citas de textos de Roberto Arlt, donde tachó con una serie de letras X algunas frases cuyo contenido las autoridades podían considerar subversivo. Las palabras apropiadas de Lanzallamas, La tragedia del hombre honrado y El idioma de los argentinos no solo se vinculaban con el contexto de violencia social que atravesaba el país, sino que ofrecían una aguda mirada sobre la Argentina (ya fuese leída desde la década del veinte como desde la del setenta), asociada a la idea de dominación y del uso de la violencia como herramienta de liberación. En los conceptos de censura y de opresión del territorio y del lenguaje, resurgía un antiguo conflicto irresuelto que atraviesa la historia del continente. 

    Un último nivel de lectura se manifiesta cuando nos preguntamos por el modo en que estas piezas llegaron a la colección del museo chileno. Las heliografías integran ese conjunto de 143, ubicadas en las reservas de la institución. Se trata de uno de los pocos lotes de la exposición Hacia un perfil del arte latinoamericano que se conservan como un conjunto íntegro.

    Una versión de la muestra que el CAYC hacía circular por diferentes ciudades del mundo desde el año anterior debía presentarse en el Museo en 1973. Con ese fin, en agosto, las heliografías fueron enviadas a Chile. Las piezas aún se encontraban en la aduana cuando, el 11 de septiembre, sucedió el golpe de Estado en Chile. La exposición no llegó a instalarse y las obras, que nunca volvieron a la Argentina, recién fueron retiradas por el museo en 1974, para quedar albergadas en sus reservas. 

    En el contexto actual chileno estas acciones se reactualizan y nos mueven a mirar el pasado para situarnos en un presente también conflictivo. Indefectiblemente, nos llevan a preguntarnos por el rol de las instituciones dentro de los campos del poder y del conocimiento. Establecer el vínculo que forjan con la historia y el rol cumple el pasado en sus relatos son algunas de las premisas que deben guiarlos. Dentro de las instituciones también se juegan las luchas simbólicas a partir de las que se construye la memoria, allí radica la posibilidad de pensar los museos como ámbitos guardianes de aquellas reivindicaciones que no pueden callarse en el espacio público. No ignorar la historia para resignificarla en el presente nos ayuda a proyectarnos más fuertes hacia el futuro.

    Elda Cerrato, Llegada a América, 1972, heliografía sobre papel, 59,9 x 84 cm
    Elda Cerrato, También la geohistoriografía es una gran interdisciplina, 1972, heliografía sobre papel, 59,5 x 84 cm

    Gentileza Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago.

    La Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) ha realizado los mayores esfuerzos para localizar a los posibles titulares de derechos de las obras de terceros reproducidas en esta publicación. Por cualquier omisión que pudiera haberse dado por favor contactarse con revistadeestudioscuratoriales@untref.edu.ar.

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