• Sobre Negro que mueve el universo

    Laura Fernández Cordero

    “Y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. Muchas generaciones repetimos esta frase del preámbulo de la Constitución. Sabemos que tiene un ritmo, casi podemos tararearlo aunque no recordemos la letra completa. Aprendimos, también, que entre fines del siglo XIX y principios del XX, la Argentina recibió millones de inmigrantes y que se les ofreció trabajo, una bandera, una lengua y la blancura hecha guardapolvo en las aulas pulcras de la escuela pública. Ese relato de la Argentina receptiva y hospitalaria encarnó en un edificio que fue, a la vez, puerta de entrada: el Hotel de Inmigrantes.

    Su inauguración en 1911 fue filmada por la Casa Lepage, empresa que ya en manos de otro migrante, Max Glücksmann, era una de las pioneras en la filmografía local. Una oportuna y conversada expropiación por parte del Archivo General de la Nación en los años treinta nos permite vislumbrar algunos segundos de aquella escena. Las imágenes mudas abren con vista panorámica de las imponentes instalaciones a donde ingresan, engalanadas, las autoridades. Mujeres de la élite recorren el comedor y uno de los dormitorios destinados a cobijar por pocos días a miles de personas. Todo se ve despejado, limpio, a la espera de los “hombres de bien” que no están en pantalla.

    Pero no todo el mundo era bienvenido. Apenas se bajaba de un barco alguien distinto al “hombre” esperado, se erizaban los pelos del Estado y se borraban las letras esculpidas en los frontispicios de la patria. Gentuza, mujeres solas, malhechores, expulsados y, con énfasis especial, anarquistas. Ya lo decía la Ley de Defensa Social, sancionada el año anterior a la apertura del gran hotel; ya lo ponía en práctica la Ley de Residencia que, desde 1902, daba sustento a las deportaciones.

    Las campañas contra las leyes represivas eran intensas en el mundo libertario. Los periódicos confrontaban de manera directa con la prensa “infame” y “burguesa”, y rechazaban el relato de la bienvenida amable y la promesa fértil. Durante los mismos meses en los que se abrían las anchas puertas del flamante hotel, una nota breve y contundente alertaba en La Protesta a quienes pensaban el país como destino de migración:

    A los hombres libres de todo el mundo

    En la República Argentina, país que pretende haberse incorporado al concierto de las naciones civilizadas, no existe libertad de reunión ni de imprenta.
    Los locales obreros son clausurados arbitrariamente por las autoridades.
    Los hombres que piensan libremente son expulsados o encarcelados.
    La prensa de ideas tiene que publicarse clandestinamente.
    ¡Trabajadores! No emigréis a la Argentina, donde la libertad no existe y el bienestar que os brindan es un engaño infame.
    (Se pide la reproducción en la prensa liberal)1

    Así era la voz anarquista: insistente, incendiaria y aguafiestas. O, mejor, celebrante de otras fiestas; no las de cumpleaños de los estados genocidas y oligarcas, no las de las arcas llenas a fuerza de trabajo ajeno, no las de las policías liberadas a su brutalidad. Luchaban por la celebración mayor: la revolución social. Y una trinchera, sin dudas feroz, fue la prensa. Cuando La Nación publicaba que el anarquismo era el responsable de la “bomba” que explotó en el Teatro Colón, La Protesta analizaba el asunto del “petardo” que ahumó la sala y, en especial, denunciaba cómo esa excusa había hecho recrudecer la represión. Cuando La Prensa reportaba un “crimen pasional”, La Voz de la Mujer revelaba la sistematicidad de la violencia contra las mujeres. Y cuando un representante del gobierno promocionaba las mieles del sistema, todos los periódicos libertarios salían a decir su verdad: que la propiedad es robo; la riqueza, expoliación; el matrimonio, esclavitud; la religión, oscurantismo; la civilización, violencia y la barbarie, un efecto de la opresión sobre una humanidad que se ennoblecería en la libertad plena.

    Tan tenaz es la palabra anarquista que la deportación de redactores y la clausura de imprentas no alcanzaban a callarla. Las hojas sueltas y los folletos voluntariosos renacían en otras ciudades o dos locales más allá. O unos meses más tarde, con el aviso de que se salía cuando se podía, es decir, cuando menguaba la vigilancia y lograban sumar de a centavos para una nueva tirada. Tan persistente resulta “la idea” que hoy vuelve a habitar el viejo hotel devenido museo y centro de exposiciones, pero plantado sobre el mismo río y con la misma vista.

    Cercano en su arquitectura a un hospital o a un internado, el edificio conserva el característico azulejado de sus paredes. Una superficie vítrea, blanca, simétrica e higiénica. Ideal para contener la diversidad de tonos, olores, acentos, pestes e ilusiones que llegaban con la extranjería. El primer gesto de intervención sobre el espacio que hace la artista Marina De Caro es revertir la misión profiláctica de una sala del Hotel de Inmigrantes, al disponer los azulejos como un piso a todo color. La superficie es ahora polícroma, transitable, nada aséptica.

    Vista de sala de Negro que mueve el universo de Marina De Caro. UNTREF media Fotografía.

    Pero antes de tentarnos con una lectura simplista que asociaría de inmediato el color a la belleza, la alegría y la diversidad, la muestra se complementa con cuatro ejemplares de un libro-objeto realizado por Cromoactivismo, colectivo artístico que la misma artista integra junto a Guillermina Mongan, Victoria Musotto, Daiana Rose y Mariela Scafati. El grupo viene trabajando desde 2013 con otros colectivos artísticos, sociales y políticos en acciones directas que involucran la producción de cartelería y la disrupción creativa en el espacio público.

    En esta oportunidad complementan la sala intervenida con C(r)osmos, bellísimo libro-objeto que una planea llevarse hasta que ve la cámara de seguridad y recuerda que el Estado nunca pierde las mañas. En sus páginas, los colores toman la palabra. De la inmensa cantera de letras negras impresas por el anarquismo internacional, recuperan trazos vibrantes en una mezcla de afiche, pared graffiteada, bandera en marcha y remera contestataria.

    Hoja tras hoja, la algarabía multicolor se hace rabia, denuncia y utopía. Si hay sueños, que sean con fuego; si hay alegría, viene con rugido. Son frases hechas de nuevo y en todas las gamas del combate ya que ni la polifonía ni la policromía son reinos de la paz y la tolerancia, sino de lucha vital por el sentido. Porque si repetimos que “se hacen cosas con palabras”, podemos observar que Cromoactivismo las hace con colores. Pone a actuar el color y en esa apuesta busca transformar modos de ver y de ser. También activar otros encadenados de palabras, como “ocre” con “huelga” pasando por “escoba, o “rosa” con “lengua” y con “concha”, o “azul” con “amor” y “ultralove”. Hasta puede despertar la propia asociación libre que, en mi caso fue de “cro(s)mos” a “crisol”, ese otro gran relato escolar. Argentina “crisol de razas”, un fundido de identidades que solo puede “cristalizar” al calor del genocidio, la supresión de lenguas y la historiografía oficiosa.

    No hay más que llegar hasta el río para comprobar el efecto conjunto de la sala intervenida. Se recomienda un poco de paciencia porque la zona está detonada por lo peor del urbanismo especulador. Se sugiere, también, circular en modo presente histórico para percibir mejor los matices, comidas y voces que rodean al edificio contiguo al museo, a través del cual el Estado argentino patrulla y gestiona los flujos de las nuevas migraciones.

    Interior del libro C(r)osmos de Cromoactivismo.

    La Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) ha realizado los mayores esfuerzos para localizar a los posibles titulares de derechos de las obras de terceros reproducidas en esta publicación. Por cualquier omisión que pudiera haberse dado por favor contactarse con revistadeestudioscuratoriales@untref.edu.ar.

Curadurías

ver más