• El vértice del arte y la ciencia: un modelo cósmico de la otredad y la complejidad

    Flavia Canelo

    La presente reseña indaga acerca de los múltiples niveles hermenéuticos presentes en la muestra del artista Tomás Saraceno, Cómo atrapar el universo en una telaraña exhibida en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. La arquitectura, la complejidad, el universo y la otredad son algunos de los tópicos alcanzados por esta muestra de corte transdisciplinar que invita al espectador a explorar su condición social, cósmica y sensorial.

    Cuando la investigación es el punto de partida

    Trazar una línea transversal, franquear segmentos y reunir capacidades que traspasan el umbral de los saberes es el flujo constante del trabajo de Tomás Saraceno y una vez más presenta la prueba de que la investigación y la obsesión ligadas a la observación y la contemplación son la expresión siempre presente en la emergencia de grandes acontecimientos.

    Si a eso le sumamos un equipo multidisciplinario1 invitado a trabajar colaborativamente para dar a luz operaciones de signos y sentidos, la fórmula da como resultado Cómo atrapar el universo en una telaraña.

    Pese a estar inmersos en una sociedad de la información, cada vez se siente más fuerte la ausencia del interrogante primero, el saber como incógnita. Esa es la instancia que Saraceno supo plantearse, nutrirse de otros conocimientos, solicitar opiniones de expertos para aprehender y concebir el mundo desconocido. Una larga historia de investigación, que se extendió durante diez años en diálogo con científicos y amigos que trascienden los saberes2 y los sitúan en un lugar común, dio como resultado esta obra que propone múltiples niveles de abstracción.

    La frágil arquitectura del universo

    Una sala a oscuras y una fuente de iluminación precisa y direccional escenifican el conjunto de orbítelas tejidas por siete mil Parawixia bistriata.

    El trabajo conjunto de esta especie de arácnido particularmente social abre a la reflexión del espectador, lo invita a maravillarse y, por qué no, a alertarse. La fragilidad de los filamentos que flotan en el aire, las majestuosas y solemnes estructuras construidas por pequeñas criaturas que, en alianza, se defienden, se alimentan y atacan, manifiestan la dinámica sistémica de la araña, de la estructura, del hombre y del universo.

    Un solo soplido basta para esfumarse como la fuerza de la metáfora que alude al constante funcionamiento vital. Aquí el tejido es el “más” durkheimiano3 y totémico4 que se impone, los vínculos reticulares graficados y diseñados bajo los principios algorítmicos de la araña y su singular protagonismo seducen al espectador que acaba por preguntarse, en uno de los tantos niveles de abstracción, sobre su entramado simbólico social, las estructuras que lo definen y sus interconexiones.

    Un modelo reducido de la complejidad

    El hombre reparó gradual y procesualmente que aquello que podía conocer cobraba validez en virtud de las coordenadas de su observación. Toda afirmación, entonces, se tornó válida solo en términos de probabilidades y variabilidad, la afirmación del saber y la ignorancia, la gran seguridad probada de que únicamente conocemos la parcialidad.

    Y entonces la incógnita: cómo comprender y simbolizar el cosmos; desde la mayor expresión hasta la ínfima visión, desde la seguridad de la ausencia hasta la máxima percepción de la existencia. El menester vital, para el hombre, desde que cobra conciencia de sí mismo, es la modelización de todo lo que experimenta, la base sobre lo que actúa y lo que piensa, es la necesidad de mapearse, de configurarse, de setearse y resetarse, la única forma de asimilar al “otro” y saberse a sí mismo como tal.

    Aun siendo parte de la historia humana, paradójicamente las sociedades actuales han notado que viven inmersas en sus propios datos. Se elaboran técnicas y métodos que los formalizan, los generan y los capturan y, entonces, se le adjudica a la ciencia su formalización y la imposición de rigurosidad, la exigencia de relevar inconmensurables conjuntos, la perfección, la herencia remanente positivista de la validación en la cantidad. Frente a esta pulsión científica y social de la recopilación inagotable, la pregunta es: ¿tiene sentido tal infinita cuantificación –más allá de su porción de necesaria utilidad y la pasión por indagar– sin un profundo análisis de vinculación, de visualización y modelización que metodológica y cognitivamente nos proporcione el saber?5 ¿El sinsentido podría configurar una posible imagen de realidad? Y entonces dos salas vislumbran un camino reflexivo que incita a delinear la respuesta, una composición de telas, frames, vibraciones, ondas y sonido, el diseño diagramático que los combina y que acaba por elaborar un modelo heurístico del cosmos, la ciencia y el arte, la dimensión cultural y natural construye un modelo sociogramático, cognitivo, biológico y astrofísico que da cuenta de nuestro entorno, del universo que habitamos.

    Y en la trastienda se percibe la “escala”; se escucha el sonido amplificado del choque de partículas microscópicas, astros, polvo, átomos, entidades y presencias. Allí en algún lugar escalarmente ínfimo y enorme estamos, inconmensurables, junto al todo. El sujeto cobra conciencia, se notifica, lo experimenta, la teoría se vuelve carne y hueso y, ahí, en ese cuarto, en una convergencia del concepto y la imagen, la modelización de la inmensidad probabilística de toda la existencia.

    La experiencia sensorial de la otredad

    Nuevamente en la oscuridad, sustracción reveladora de otra dimensión, en el medio de la sala, un dispositivo que expulsa polvo cósmico y un sistema fílmico que capta la imagen y la amplía.

    En la misma habitación, una telaraña que emite vibraciones en sintonía con las que los espectadores producen al pasar, todo es codificado y traducido en sonido e imagen, un concierto de danzas arremolinadas que expulsa al espectador del eje y lo sitúa en la conciencia altruista de la otredad. La obra opera como decodificador, revelador de lo latente, de la posibilidad y la potencia, involucra al sujeto y lo descentraliza, su fin es el nuevo inicio del otro.

    La araña, avatar humano y excusa de la comparación, encarna la utopía de la humanidad, una animalidad que intima a la identificación, al intenso acercamiento y alejamiento, un proceso de atracción y repulsión que recuerda todo indicio de valor, la carencia, el accionar, la añoranza de lo perdido y la conciencia conductual.

    La oposición, sensor que amplifica el intercambio simbiótico de atributos, infiere la correspondencia; una ecuación que permite superar el vacío del absoluto relativista y proporcionar, mediante el ejemplo dialógico, los mecanismos de pensamiento necesarios para la elaboración de un sistema de conciencia crítica y de construcción de valor.6

    En el plano curatorial, la propuesta ofrece al espectador la experiencia de su cualidad de otro. Por un lado, un recorrido perimetral que propicia la contemplación desde todos los ángulos le permite al sujeto agudizar sus sentidos para captar la totalidad que se le ofrece al transitar; por otro lado, sus movimientos agitan las partículas que, al chocar, emiten distintos tonos de sonidos amplificados. Todos los elementos, incluido el espectador, operan sistémicamente como la parte y el todo integrados.

    La pieza componencial de la misma serie, The Cosmic Dust Spider Web Orchesta (Orquesta Aracnocósmica), propone al espectador como parte integral del instrumento musical. Los cuerpos son incitados al movimiento que activa la imagen y el sonido; el haz que se proyecta sobre las partículas y la telaraña de una Nephila clavipes7 anima al espectador a intervenirlo e irrumpir en el círculo de luz plasmado en la pared.

    Por último, la antesala pone a disposición el proceso de investigación y de elaboración, mediante la exposición de registros en video y documentos impresos. Los espectadores son llamados al recorrido de lectura y al conocimiento de los distintos saberes implicados; un fragmento de aquellos 10 años de exploración, de prueba y ensayo.

    La puesta en escena y la obra son la combinación expresiva de un dispositivo analítico y perceptivo abstracto. Componen un conjunto sistémico de agentes generadores de propiedades emergentes,8 cuyos enlaces e integración dan vida a los nuevos acontecimientos que los trascienden y acaban en la percepción ontológica de la otredad y la totalidad simulada.

    Referencias bibliográficas

    • Durkheim, Emilie (1987): Las reglas del método sociológico. Buenos Aires: La Pléyade.
    • Lévi-Strauss, Claude (1964). El pensamiento salvaje. México: Fondo de Cultura Económica.
    • ---, (1965 [1962]). El totemismo en la actualidad. México: Fondo de Cultura Económica.
    • Miceli, Jorge; Guerrero, Sergio; Quinteros, Ramón; Díaz, Diego; Jordan Kristoff, Mariano y Castro, Mora (2005). “Teorías de la complejidad y el caos en ciencias sociales. Modelos basados en agentes y sociedades artificiales”. Ponencia presentada en el Primer Congreso Latinoamericano de Antropología, Rosario, Argentina.
    • Reynoso, Carlos (1990). “Seis nuevas razones lógicas para desconfiar de Lévi-Strauss”. Revista de Antropología, año VI, n° 10.
    • Rousseau, Jean Jacques (1961 [1755]). Discurso. ¿Cuál es el origen de la desigualdad entre los hombres? ¿Está ella autorizada por la ley natural? En El contrato social. Principios de Derecho Político. Buenos Aires: Compañía General Fabril Editora, Los Libros del Mirasol.

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