• A propósito de Zonas Reflejas de Mónica Girón en la galería Barro

    Andrés Aizicovich

    Sumergirse

    Ríos y estanques, lagunas y aguas termales siempre fueron considerados lugares para la curación, la magia o las bendiciones. No solo las fuentes han sido consideradas sagradas, también el agua en sí misma ha sido empleada para purificar y bendecir objetos en muchas religiones y cultos. El agua bendita en el bautismo para el catolicismo. La mikve, el baño ritual en el judaísmo ortodoxo, y la limpieza purificadora que los musulmanes estrictos efectúan, cada vez que rezan, cinco veces al día. En el hinduismo, bañarse en el río Ganges purifica y bendice a quienes llevan a cabo este rito. El agua, agente de transformación, adaptabilidad y equilibrio, es el leitmotiv a partir del cual Mónica Girón articula sus procedimientos en Zona reflejas, la muestra que inauguró en galería Barro, bajo la curaduría de Javier Villa y Santiago Villanueva. El método Girón consiste en un protocolo de normas de observación, análisis deductivo, posterior elaboración y puesta en práctica de un tratamiento. Bajo el amparo de este modelo, Girón vincula saberes provenientes de distintas ramas del esoterismo –Feng-shui, homeopatía y astrología– enlazados y diseminados hacia insospechadas áreas del pensamiento y la cultura. Como por ejemplo, acontecimientos sociales y políticos, la historia del arte en una diacronía que cubre el espectro de las culturas arcaicas hasta el ahora más inmediato, el psicoanálisis lacaniano, la ontología, el taoísmo, la ciencia y el pensamiento lateral, la antroposofía y la mitología. Formas especulativas, parciales y no absolutas de interpretación, capaces de ser aplicadas a un objeto artístico así como a diversos fenómenos tangibles e inaprensibles de la vida material y espiritual. Suerte de mirada introspectiva (en lugar de retrospectiva) hacia el método de Girón, en Zonas reflejas el espacio de exhibición se vuelve mapa y territorio, un tablero de diagnóstico, análisis, experimentación y acción curativa, donde el sistema adquiere formas materiales. Así, los modos de percepción y lectura del mundo se corporizan en objetos, piezas esparcidas que funcionan como glóbulos blancos en un sistema inmunológico, entes emanando nodos de interrelación entre las diversas prácticas de conocimiento que son del interés de la artista.

    Paisaje y arquitectura

    La muestra se centra en dos proyectos troncales a partir de los cuales el set de herramientas UIOE (Útil de interpretación, observación y entendimiento) se ofrece como un manual de ejercicios de aproximación inductiva. La doble entrada, con la que el espectador se topa al ingresar en la sala, acopla ambos proyectos. En el acceso al espacio de exhibición, un doble arco de hierro insta al visitante a tomar una decisión entre dos opciones desproporcionadas: un ingreso menor, un poco más amplio que el tamaño de una puerta estándar, y una enorme curva en forma de arcada que contiene al rectángulo de la entrada menor. El umbral, como símbolo mitológico, representa el último obstáculo para llegar al centro; el pasaje iniciático, desde un espacio profano hacia otro plano ulterior. El doble portal refiere a un desacople en la armonía espacial que Girón visibilizó en los accesos de los edificios institucionales de la Academia Nacional de Bellas Artes y el Museo de Arte Decorativo, proponiendo en su lugar una reestructuración del jardín central que une ambos ingresos. Asimismo, tanto en Nadadores, una serie de seis pinturas al óleo que vincula los meridianos del cuerpo con las bifurcaciones y ramales del delta, como en la escultura Ciervo de los pantanos, el método funciona como evaluación de un problema (en este caso, la traumática relación de la ciudad con su río). Y, al mismo tiempo, una propuesta de saneamiento a través de una acción artística y terapéutica: el proyecto de un corredor de nado con diferentes postas que uniría dos entradas al río ubicadas una a la altura de Tigre y otra en la desembocadura adyacente al Parque de la Memoria en la costanera norte. Las tres escaleras/andamios móviles que se desplazan por el espacio habilitan la alteración perceptiva, una observación multifocal y panóptica. Pendulando entre una micro y una macro-visión, entre la cartografía hidrográfica y los chakras del cuerpo, entre las instituciones y la naturaleza, el método opera como un sístole y diástole que se aleja y se aproxima de su objeto de estudio, un zoom in/zoom out que coexiste en un mismo plano que incluye todos los puntos de vista habitando al unísono en una sola arista.

    La cura a través de la palabra

    Bajo la doctrina de lo similar cura lo similar, la cual afirma que una sustancia que causa los síntomas de una enfermedad en personas sanas curará lo similar en personas enfermas, la homeopatía sostiene su teoría a partir del concepto de memoria del agua. Según esta hipótesis, las moléculas del agua almacenan las propiedades de un compuesto sometido a sucesivas diluciones, reteniendo sus facultades curativas. En un experimento bastante difundido, cada tanto viralizado a través de las redes, el doctor Masaru Emoto ensayó la exposición del agua a diversas palabras, sonidos, música, para luego congelar las muestras y fotografiar a través de un microscopio, analizando los efectos. La muestras expuestas a las palabras amor, paz y gracias resultaban en cristales de agua de formas armoniosas, fractales geométricos, de azules saturados, mientras que las muestras expuestas a las palabras odio y guerra arrojaban como resultado cristales de apariencia mortecina, lánguida, de colores cenicientos. En Zonas reflejas, la palabra se instituye como un vehículo transformador, dotado de capacidades alquímicas: la transmutación de un estado a otro, el acto mágico de la sustitución habilita la cura. Así como el psicoanálisis trastoca las funciones y los roles médico/paciente al otorgarle la palabra al paciente (quedando el saber sobre el síntoma del lado del que lo sufre y no del lado del analista), el método ofrece el léxico para que el público realice su propio auto-análisis, es decir, las bases para un espectador emancipado. En Cadena de sentidos, obra colaborativa en la que Girón invitó a colegas artistas a engrosar la lista de los cinco sentidos fácticos con otras formas de percepción inasibles, cada concepto es un eslabón, un vaso comunicante que habilita nuevas asociaciones, forjando un glosario abierto a ser desmontado y vuelto a ensamblar. Las cadenas asociativas que se forman van señalando la prevalencia del sentido que para cada sujeto tienen algunas palabras en su discurso a través de lo que insiste o se repite. De esta forma se aúnan en la misma paradoja el lenguaje (la palabra) y la cadena: una forma vincular que libera a la vez que oprime.

    La fe como conocimiento

    En el capitalismo tardío la dialéctica entre la naturaleza y la razón cultural que dominó el mundo occidental se derrumbó para dejar paso a la economía como interfaz, como forma regulatoria con el mundo. En este panorama, lo esotérico se revela como una zona opaca que desnuda la presunta diafanidad de la ciencia, la razón y la hiperinformación instantánea que rigen la vida contemporánea. El pensamiento mágico, empleado como conocimiento, nos otorga las herramientas para navegar por las zonas grises entre lo racional y lo irracional. En su genuina convicción en el poder transformador de la palabra, las acciones y los objetos, la obra de Mónica Girón ofrece una proposición: la observación, el análisis y el tratamiento como forma de arte político-espiritual, la inconmovible fe en las facultades de la sensibilidad para equilibrar y remediar aquello que nos rodea.

    Fotografías: Santiago Orti
    Gentileza de galería Barro

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