• Pervivencias fantasmales en los bodegones de Román Vitali

    Analía Wyszyñski

    A partir del año 2017 la nueva gestión del Museo Marc encabezada por su director Pablo Montini propuso repensar el museo de historia a través de tres ejes: accesibilidad, investigación y programación.1 Estas tácticas posibilitaron revitalizar y potenciar el acervo museístico como así también ampliar y diversificar su público.

    En esta lógica se posiciona el programa de arte contemporáneo que ensaya distintos lazos desde el presente con el pasado. En su primera edición, en la sala de muestras temporales, tiene lugar la exposición Algunas flores en un jarrón frente a un espejo, donde las obras de Román Vitali exaltan las cualidades del mobiliario y los jarrones de porcelana pertenecientes a la colección del Marc. Los diferentes artefactos expuestos nos permiten pensar qué atesoraban las elites burguesas rosarinas y qué coleccionaban, acercándonos así a cuestiones estéticas que convergieron en la conformación del gusto y las prácticas culturales de una época. A su vez, la iniciativa del museo promueve nuevas líneas de investigación, ampliando los modos de abordaje de los objetos conservados y la posibilidad de interrogarlos a través de otras disciplinas.

    La propuesta de Vitali nos remite, en términos de Aby Warburg (1929), a una “historia de fantasmas para gente adulta”, un intento de ponerle timbre a las voces inaudibles que se encontraban perdidas y olvidadas en los archivos. Como así también, siguiendo a Warburg, al mecanismo empleado en su Atlas Mnemosyne, debido a su eficacia como dispositivo de mesa de montaje indefiniblemente modificable que permite releer el trabajo del tiempo en imágenes dispares.2

    En Algunas flores en un jarrón frente a un espejo, el artista construyó su tradición de bodegones a partir de referentes de la historia del arte occidental, conjugó sus tiempos, actualizó el lenguaje visual y posibilitó la coexistencia armónica con sus bodegones contemporáneos. Esta densidad temporal permitió una perfecta asimilación del mobiliario, de los jarrones con flores y de las lámparas con caireles, que se replican en el espejo a modo de artificio. Las flores de Román Vitali a su vez están atravesadas por el tiempo, remiten a distintos tiempos. En primer lugar a un momento primordial, dentro del seno familiar que lo acerca al material (las cuentas de acrílico facetadas encastrables) y al acto de tejer asociado a las prácticas femeninas. Otro momento significativo sería su inserción como artista emergente en el Centro Cultural Rojas en los años noventa y en el ideario gravitacional de Jorge Gumier Maier, ligado a una estética identificada con la vida cotidiana, la cultura del consumo, el diseño, la decoración y, también, relacionada con las manualidades y la artesanía. Asimismo, su presencia en ese ámbito posibilitó la convivencia con pares de modo intermitente entre distintos centros artísticos. Por un lado, Buenos Aires y el Rojas con figuras como Omar Schiliro, Marcelo Pombo, Benito Laren, Cristina Schiavi y Feliciano Centurión, y por otro lado, Rosario con su camada de artistas integrada por Leonardo Battistelli, Eladia Acevedo, Claudia del Río y Fabiana Imola. Estos dos momentos constituyen instancias fundantes, son el cimiento de toda su producción.

    Pero también hay otros tiempos, en el que el artista se aboca a la experimentación, la investigación y consolidación de una técnica. Aquí internaliza distintos saberes tanto textuales como visuales, que posibilitan un basamento conceptual y técnico, preciso y preciosista, que distingue su obra, le imprime una marca personal y lo posiciona como uno de los artistas más destacados en la escena del arte contemporáneo. Dentro de estos otros tiempos se encuentran los que tienen que ver con los afectos, las relaciones, los vínculos y las pasiones, que operan estructurando subyacentemente su obra.

    Es por esto que la producción de Vitali está signada por la sensibilidad y, a su vez, por la racionalidad, aunque suene contradictorio. Su poética asistida por el cruce de vínculos afectivos y su hacer perfectamente calculado y estudiado, generan multiplicidad de formas que van de lo rigurosamente geométrico a lo orgánico casi viviente. Si centramos nuestra atención en lo vegetal, podemos recordar Rosas (1998) y la serie Jardín de invierno (2000), en la que las plantas adquieren una imagen geométrica, aunque sutiles detalles lo acercan al referente. Ya en Jardín (2004) abandona esa inflexible factura y logra las formas propias de la naturaleza que incesantemente va a trabajar en diferentes composiciones como Gemelas (2016) o en las distintas versiones de En esta casa hay fantasmas.

    Ingresar en la sala donde se encuentra la intervención de Román Vitali, nos disloca por un momento del presente. El recinto reviste una impronta noble, matizada por los efectos lumínicos que deleitan los sentidos. La atmósfera fluctúa de lo íntimo a lo espectacular, una periferia tenue y un centro radiante donde las flores con las reverberaciones de sus cuentas facetadas se aúnan con los destellos de los caireles de las lámparas. El efecto que provoca la pared de espejo, que se encuentra en la parte posterior de la sala, potencia la luminosidad y multiplica los fulgores. Como contracara de los centelleos: las fantasmagóricas sombras. Y es en este ambiente encantado donde gravitan las supervivencias fantasmales de los flamencos Brueghel (padre e hijo), de Van Gogh, de Schiliro, del crucifijo colgado en la habitación de sus abuelos, como así también de los claveles tejidos por su abuela con hilo de plástico, que operan como ancestros visuales. Sobrevuela también otro interés del artista asociado a obras de arte robadas que paralelamente Vitali viene investigando. Esta constelación fantasmal nos permite valorar la complejidad de la muestra. No son naturalezas muertas simplemente, son una construcción intelectual matizada por lazos afectivos, en donde cada espectador atravesado por una carga memorial vigoriza las relaciones visuales y complejiza aún más la obra.

    Más allá de estas persistencias fantasmales, existen referencias vegetales concretas que el ojo atento del visitante puede reconocer, ya que en su mayoría son especies de flores y plantas que residen en los hogares. Esta selección natural forma parte del jardín diseñado a partir de retoños, bulbos, gajos y semillas heredados de su familia; y a su vez opera como reservorio para el estudio detallado de la morfología de cada especie, como así también, de su variación tonal y su ciclo vital. Este contacto íntimo con la naturaleza facilita la traducción de las formas vegetales al tejido con cuentas de acrílico de urdimbre afectiva.

    En este montaje de tiempos heterogéneos, asistimos a una ruptura con el bodegón tradicional. Los floreros con sus flores renuncian al lienzo y devienen una trama de cuentas coloreadas, otros desbordan el lienzo, se constituyen objetos que se multiplican, que invaden el espacio, que lo habitan, rechazando el topos convencional del género (la hornacina o el fondo oscuro) y, por consiguiente, alterando el modo de apreciación de la obra. Esta es la rebelde propuesta de Vitali, quien construye la escena jugando y dialogando con la tradición, vinculando trozos dispares que nos permiten acceder a un mundo de relaciones múltiples.

    Crédito fotográfico: Román Vitali

    Referencias bibliográficas

    • Vignoli, Beatriz, “Para comprender el presente”, en Página 12, Rosario, 21 de junio de 2017.
    • Disponibleon-line: https://www.pagina12.com.ar/45326-para-comprender-el-presente, consultado el 18/10/18.
    • Didi-Huberman, Georges (2013). La imagen superviviente. Historia del arte y del tiempo de los fantasmas según AbyWarburg. Madrid: Abada, 2013. p.5.
    • ------------------------------- (2010). Atlas ¿Cómo llevar el mundo a cuestas? Madrid: MNCARS.
    • Pacheco, Marcelo (2000). “Dos textos…y algunas apostillas para Román Vitali”. En Román Vitali (cat. exp.) Rosario: Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino.

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