• Barcelona, 7 de diciembre de 2018

    Querida Lorenza,

    Esta mañana me he despertado pensando en ti y en los puzzles. Los puzzles como metáfora de la vida, algo un poco abstracto pero que al despertar tenía todo el sentido del mundo. Y también tenía sentido que lo vinculara contigo. Ahora, pasado el día, me cuesta un poco recordar cómo se articulaba ese sentido, no soy de los que escribe sus sueños al despertar, pero era algo así como imágenes o ideas que tomaban una forma concreta y quizás no encajaban en ese preciso instante, o no encontraba su lugar en la imagen completa que estaba construyendo, pero sabía que con el tiempo encontraría su lugar en el puzzle. Un lugar preciso, o quizás más de uno, que daría sentido a la totalidad.

    Como hoy tenía el día libre decidí ir a nadar primero y luego ir a ver tu exposición, para conocerte un poco más antes de escribirte esta carta.

    En realidad te conocí hace un mes, el 6 de noviembre, el día en que se inauguraba tu primera retrospectiva internacional, comisariada por Paul B. Preciado en La Virreina, un centro dedicado a la imagen en las Ramblas de Barcelona. Y ese mismo día en que supe de tu existencia y de tu obra, supe que tenía una carta pendiente de escribir.Al salir de La Virreina nos fuimos mi amiga Blanca y yo a casa de Roger a recoger el primer ejemplar de Lo tocante, mi segundo libro, que recoge todas las cartas que he ido escribiendo desde el 2015 a bailarines españoles y latinoamericanos que murieron a consecuencia del sida. Supongo que ya ves por donde voy...

    Roger, el diseñador del libro, había ido a la imprenta a asegurarse que todo iba en orden y me trajo un par de ejemplares recién salidos del horno. Y en ese momento en que tocaba mi libro y pensaba en ti me supo mal no haberte conocido antes. Pero igual que las piezas del puzzle de mi sueño, no todas aparecen en el momento esperado. O quizás sí.

    Es maravilloso que haya sido Paul la persona en sacarte de la invisibilidad institucional. Dudo que lo llegaras a conocer, pero es un ser excepcional, capaz de revolucionar todas tus células. Fue mi profesora de teoría de género y tutora hace unos años, cuando aún respondía al nombre de Beatriz. Como bailarín que soy, Paul fue una de las personas que me permitió orientarme y encontrar una voz en la danza, después de revolucionarme por completo, claro.

    ¿Sabes cómo ha titulado tu exposición? Réquiem por la norma, ¿te gusta? Claro está que toda tu obra, ya sea pictórica, fotográfica o performática ponía en jaque a la supuesta normalidad, ésa que operaba patologizando cualquier cuerpo que no siguiera los patrones establecidos por el aparato patriarcal. Y allí estabas tú: artista, sin brazos y trans. Y trans no solo de transexual sino también de transdisciplinar. ¡Lo tuyo era un salto mortal con tirabuzón! ¡Qué valiente! Pero es que tu vida tiene algo de cuento o de mitología. Empezando con el accidente a tus ocho años en Punta Arenas que produjo, quizás, tu primera otredad. Una versión urbana y contemporánea del mito de Ícarus, que inspiró muchas de tus obras. Referentes también como la Venus de Milo, que encarnaste tan bien en la performance homónima, donde sí hacías uso de la prótesis, pero no como querían imponerte de pequeño en ese hospital de Alemania para normalizar tu cuerpo, sino para alargar un poco el brazo derecho y tener pechos, igual que la escultura griega. ¡Qué hermosa estabas!

    En la exposición he podido ver tus dibujos pintados a boli con la boca; tus pinturas de dimensiones más grandes hechas con los pies, como el mural que pintaste para la licenciatura en Kassel, ese autorretrato hecho con las huellas de tus pies, que en 2017 colgó en el hall de la Neue Gallerie de esa ciudad durante el Documenta 14 (sí, sí, como lo oyes); tus fotografías jugando con múltiples identidades, como juego travesti pero también como juego con la construcción de las máscaras sociales; y también he podido ver alguna de tus performances donde bailabas. Me he fijado en cómo te movías, porque bailar sin brazos requiere, imagino, de un control del centro, de la pelvis, mucho mayor al no tener los brazos y manos como motor de impulso y equilibrio. Y aún así jugabas con los espirales de manera virtuosa, y con la melena como extensión del cuerpo. Por momentos me recordabas a Beyoncé, que no sabes quién es, pero es la reina del pop actual y baila moviendo las pelucas que ni te cuento...

    En el programa de mano, Paul comparte unas preguntas muy pertinentes en relación a tu obra:

    ¿En qué marco de representación puede un cuerpo hacerse visible como humano? ¿Quien tiene el derecho a representar? ¿Quien es representado? ¿Puede una imagen conceder o denegar agencia política a un cuerpo? ¿Cómo puede un cuerpo construir una imagen para convertirse en sujeto político? ¿Hay alguna diferencia estética entre una imagen hecha con la mano y una hecha con el pie, o bien esa diferencia traduce una posición de poder?

    Y me acuerdo que Blanca, la amiga con la que fui a tu inauguración, me dijo: "la historia del arte es la historia de la mano". O incluso, de la mano del hombre blanco, añadiría.

    La verdad es que ahora que te conozco me dan muchas ganas de irme a tomar algo contigo y charlar. Ver tu obra me ha disparado un sinfín de ideas, de referencias, de relaciones, de preguntas en relación a los cuerpos, las construcciones, los movimientos, las imágenes, las identidades... En fin, qué mierda que te fuiste tan pronto. He conocido a bailarinas tan fabulosas durante esta investigación, bailarines que murieron a consecuencia del sida y nos dejaron una herencia muy preciada, como también es la tuya. Una herencia de disconformidad y lucha, de valentía y optimismo, de dolor y de amor. Y esta herencia es la que recibimos al conocer vuestros relatos, vuestras vidas.

    Al final de tu performance Venus de Milo, abres los ojos, miras al público a un lado y otro de la sala, mueves un poco el torso y finalmente dices: “¿Qué pensarías si el arte tuviera vida propia?”. Y ese podría haber sido tu lema vital y artístico, porque tu cuerpo y tu vida fue tu mayor obra de arte. Es muy difícil separar la una de la otra.

    Y para terminar esta carta, solo quería compartir contigo un recuerdo, una de esas piezas del puzzle que apareció cuando tenía diez años, en 1992. Hoy, al ver que el cuerpo que daba vida a Petra, esa mascota sin brazos diseñada por Mariscal para los Juegos Paralímpicos de Barcelona '92, era el tuyo entendí porque ese día mis padres me llevaron al Estadio Olímpico a ver la clausura de los juegos. Me llevaron a verte bailar en directo, ante millones de personas que seguían ese evento en todo el mundo. Hoy, esa pieza del puzzle, ha encajado en un lugar posible que me gusta. Porque conseguiste colarte en el gran espectáculo mainstream y capitalista, el espectáculo que dio el pistoletazo de salida a la parquetematización de la ciudad en que nací, pero también acogió personas como tú, o como Jean Genet o Ocaña, que consiguieron desestabilizar la norma burguesa.

    Gracias, Lorenza, por no dejar de luchar, como tu madre te dijo una mañana en Santiago de Chile, y habernos dejado tanto en lo que pensar, hacer y disfrutar.

    Te mando un beso fuerte,

    Aimar

    PD: Por cierto, en la primera sala, al entrar, había un dibujo precioso, un autorretrato con trazos de pastel rojo y naranja y amarillo, y en azul unos brazos musculados. He mirado la fecha, 30 de octubre del 82, cuando yo tenía 17 días. Me has hecho sonreír.

    Lorenza Böttner, Sin título, 1980, acrílico sobre tela.
    Lorenza Böttner y Johanes Koch, Sin título, 1983, fotografía en blanco y negro .
    Lorenza Böttner, 1982.
    Lorenza Böttner, Sin título, sin fecha, fotografía en blanco y negro.
    Lorenza Böttner, Sin título, 1985, pastel sobre papel.

    Fotografías: gentileza La Virreina Centre de la Imatge, Barcelona.

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